Como médico oftalmólogo trabajo con personas como pacientes, así que oigo muchas cosas, las cuales no siempre son confidenciales. Las anécdotas de los que van a los hospitales son una delicia…
Un día llega un señor de unos 50 años de edad. Me dice que su principal molestia es que no puede leer su Biblia, se le pierden las letras pequeñas. “Pan comido”, pienso, me froto las manos y ya será un paciente menos en la larga cola que tengo esperando. Procedo a hacerle la prueba de visión, coloco una especie de antifaz para tapar un ojo y tiene un agujero para dejar el otro descubierto. Ojo derecho primero, y empiezo con letras de un tamaño moderado. “No las veo, doctora” me dice. Bueno, pongo unas más grandes. “Tampoco veo esas” me dice esta vez. Como médico en entrenamiento y nueva que era en ese tiempo me asusto un poco, “¿será que no ve?” pienso. Pero intento de nuevo, ahora la E grande, con ésta no puede fallar. “No doctora, no la veo” dice con naturalidad. Ahora sí, el corazón en la garganta, pensé de todo, tendré que llamar a un superior, será que está ciego, pero ¿cómo llegó solo? ¿Qué explicación daré? Y afuera los demás pacientes quejándose, que si tengo hambre y soy diabético, que si llegué a las 5 de la mañana, que si me tengo que ir a buscar a mi nieta, que si las habichuelas en la estufa (sí, en la estufa).
No sé por qué me puse nerviosa, pagué la novatada, pero de algún recóndito lugar me llegó la iluminación. “Señor, dígame para dónde usted ve las patitas de esa figura (la E)”. “Para la derecha” dice con mucha seguridad el paciente. ¡¡¡¡El señor no sabía leer!!!!! Todo ese tiempo perdido, dos canas más y experiencia que me ha servido para siempre. De ahí en adelante lo vio todo muy bien. Pero, ¿cómo lo iba a adivinar, si su queja era que no podía leer su Biblia?



