A propósito del día de las madres, tengo mi queja.
Algo ha pasado que de repente me doy cuenta que es muy posible que ya no soy hija de alguien. Mi condición se perdió en algún momento que no recuerdo. Esperen, sí recuerdo. El día exacto. Lo que pasa es que, a pesar de lo oinmediato, el cambio ha sido paulatino, un camino sinuoso, lento para que no duela, o ¿a quién le importa que me duela? Me da la impresión de que mis padres no me lo han querido decir, han dejado las cosas así para que yo me de cuenta por mí misma.
Pues, mí misma y yo nos hemos percatado de que para mis padres he dejado de ser su hija para convertirme en ¿una gran profesional? No. ¿Una filántropa dedicada a los demás? No. ¿Presidente de algún consorcio, artista de renombre, delincuente? No, no y no.
Dejé de ser su hija para convertirme en la madre de sus nietas. Sí, ya no importa nada más que lo quieran las nietas. Las dejan hacer de todo en su casa. Abren las gavetas sagradas, se comen lo guardado para el Jefe, al que le han llegado hasta a decir “barrigoncito”. Tumbaron el equipo de música al que no le podía poner la mano. Han roto todos los floreros que tenían ya casi una cincuentena de vida. Por menos que eso tenía yo una marca de Samurai en la canilla.
¿Cuándo me preguntaron qué quería comer para preparármelo ipso facto? Se comía lo que había y ya. Y según la abuela de mis hijas ella nunca le dio una pela a una hija suya, todo era HABLANDO que se resolvía, ni siquiera le echó un boche, para ahora yo “estar maltratando a estas niñas indefensas prohibiéndoles hacer las cosas propias de los niños, traumatizándolas hasta lo indecible para que luego tengan que buscar ayuda de un profesional de la conducta.” Amén.
Tengo entendido que este es un ciclo. Lamentablemente mi abuela vivía en el interior y no pude disfrutar de las ñoñerías que se supone me correspondían para equilibrar la disciplina de mi madre, que ahora es la abuela de mis hijas.
Sí, y no exagero. Y tengo un relato de la vida real para demostrarlo. Para la historia llamaré a mi madre Abuela 1 y a mi suegra Abuela 2. Aquí va el relato: Padres, ex-hijos, salen al interior. Dejan prole con Abuela 2 que vive a 15 minutos a pie de Abuela 1, o sea, 5 minutos en carro. Llegan padres luego de dos días de ausencia y un millón de llamadas a la prole, recogen prole y dejan dulce de coco a Abuela 2. Cruzan calle y llegan donde Abuela 1 a dejar galleticas de Moca. Abuela 1 se pone a llorar porque tenía mucho sin ver a la prole. Ex-hija se friquea. Abuela 1 había visto en la mañana a la prole en la iglesia, pero ¿no fue la hija la que se ausentó? Ex-hija se friquea aún más así que recoge prole y se van a su casa.
En fin, quien tenga a su abuelita, que la disfrute, y si está pensando en tener hijos, tenga en cuenta de que su hijo tendrá en su mamá una abuela amorosa, tierna, comprensiva y consentidora. Usted no reconocerá a la que una vez fue batuta y mano dura en la casa. Y ese día en que usted, imitando la antigua forma de su progenitora quiera corregir con firmeza una mala conducta de su hijo, un boche que le quiera echar, recibirá de ella el gran tsunami del rerpoche por el maltrato a la criatura inocente y chocará con la dura realidad de que ya no es hijo de esa dulce señora, se ha convertido en el simple padre de su nieto.
Por eso es que es mejor vivir aparte.











