Siempre he oído que el animal más inteligente es el que mejor se adapta a los cambios de ambiente. Eso lo decía mi madre para promover en nosotros, sus hijos, algún tipo de motivación para que nos adaptáramos a las condiciones “diferentes” que ofrecía su pueblo natal, el cual visitábamos cada año en Semana Santan y Año Nuevo. No nos gustaba el agua pesada y caliente, ni la falta de T.V. por cable, ni el calor sofocante, ni los besos embadurnadores de las viejas co su aliento a tabaco puro, ni la falta de conflé, ni las letrinas y menos de noche. (Más tarde me di cuenta de que estas experiencias me prepararían mejor para la vida, y guardo muy gratos recuerdos).
Basándome en esto, entiendo de que hay que adaptarse, pero también podemos hacer ajustes para que nuestro entorno sea más amigable. Así que hacemos los arreglos para aunque “al lugar donde vayamos hagamos lo que veamos” nuestras costumbres y principios puedan entrar y enriquecer los paradigmas ya establecidos.
Es por eso que creo que como personas de este país, dominicanas, orgullosas de nuestra estirpe y abolengo que viene directo de grandes Caciques taínos, Prícipes de tribus africanas y maleantes de la mejor ralea de Europa, no debemos bajo ningún concepto doblar nuestros pescuezos y doblegarnos a las inclemencias. Este no es el tiempo de abandonar una de las marcas más nobles que tenemos como raza, una de las costumbres que más desconcierta en playas extranjeras. Nadie sabe cómo es que el dominicano puede, y no debe ser ahora cuando nos demos por vencidos.
Continuemos con la preservación de nuestra identidad, pasándo esta maravillosa costumbre a la próxima generación. No busquemos excusas, porque en esto el Primer Mundo se equivoca, no imitemos lo malo. Aunque esté haciendo friíto, calentemos nuestra agua en ollas, calderos o calentador y bañémonos. ¡No firmemos vales y no nos amedrentemos! Que si algo no debemos perder es el olorcito a limpio cada mañana.











