Continuando el capítulo anterior…
Episodio 10: Todos los sueños ¿cumplidos?
La oficina es realmente impresionante. Cuatro paredes recubiertas de caoba centenaria son el fondo para libreros que llegan al techo dispuestos en las paredes laterales que enmarcan todo el esapcio. Libros de los más grandes pensadores de todos los tiempos hacen competencia por la atención de su dueño. El escritorio que queda justo frenta a una majestuosa puerta de estilo antiguo, colonial, como esas que se ven en el Alcázar de Colón, no es menos elegante, y detrás de él está sentada una figura delgada, barbuda, con pipa en boca que admira por el ventanal la hermosa vista de Santo Domingo bajo la lluvia, vista que sólo se consigue cuando se está por encima del mundo vanal, a unos 12 pisos de altura.
Peloponeso García ha dejado muchas cosas atrás, un barrio mediocre, un trabajo mediocre, un sueldo mediocre y un estilo de vida… también mediocre. Por fín ha conseguido ser el hombre, el politólogo, el pensador, el intelectual más reconocido de República Dominicana y quizás de América. Las invitaciones a disertaciones, cátedras magistrales y eventos sociales tanto dentro como fuera del país no cesan de llegar a su oficina, inclusive hasta su casa. Tiene como gran orgullo haber ganado el respeto de sus colegas a pesar de su edad, pues no llega a los 35 años y ya es punto de referencia, una autoridad.
Ahora que se siente realizado profesionalmente, considera que ha llegado el tiempo de enfocarse en el amor. No que no lo haya intentado antes, pero su atención estaba en otras cosas… y además de palomo era pobre. Quizás ahora tenga mejores posibilidades, pues tiene dinero, estatus social, aunque sigue siendo eso el mismo palomo cuando de mujeres se trata.
La vida da muchas vueltas y como su asistente personal tiene a su gran amigo José Roberto, que en su momento le ayudó a conseguir el empleíto ese que tantos problemas le dió, y ahora él es el jefe de quien lo defendía. Y todavía más vueltas da el mundo pues su secretaria es Maritza, la misma de recursos humanos de IDIOT, la que lo miró en la entrevista con ojos de “y-este-mardito -loco” (pero, ¿qué esperaba?). Ahora estaba bajo su mando, pero hay otras cosas que no cambian, pues su atracción hacia ella continúa, peor aún, es mayor. Sigue siendo la chica delgada e impecablemente vestida de oficina, respetuosa, muy profesional, con una cortesía al estilo inglés para sus clientes. Inteligente y posee la sabiduría que sólo el tigueraje dominicano puede dar.
- Algún día he de atreverme a invitar a Maritza a cenar. ¿Lo tomará a mal ya que trabaja para mí? Debo ser cauteloso y delicado para que no se ofenda. Creo que es la mujer para mí… – Meditando y viendo la lluvia se sacaba la pipa de la boca y la colocaba sobre el escritorio. Nadie nunca sabrá porque Don Peloponeso tiene una pipa que nunca prende. En eso tocan la puerta e inmediatamente se abre.
- Con su permiso, tengo aquí algunas invitaciones que quiero revise para organizar su agenda, algunos eventos son el mismo día, así que es bueno revisarlos para confirmar asistencia y ver si algún otro puede cambiarse. -Maritza conoce bien a su jefe y lo trata con confianza, aunque siempre guardando las “distancias”.
- Ah, gracias, ven, vamos a revisarlas- Peloponeso habla con un tono com del niño que fue sorprendido en algo. Pensando precisamente en ella.
- Fíjese aquí, el día 22 en la mañana…- Maritza va caminando y se coloca a su lado poniendo la agenda y las invitaciones delante de él. Se agacha un poco para mostrarle y empieza a explicar la agenda. Peloponeso se le queda viendo, como si estuviera frente a una visión.
- ¿Le pasa algo?- pregunta Maritza notablemente perturbada.
- Eres, eres una mujer especial y hermosa…- ¡No puede ser! Acaba de decir lo que está pensando sin darse cuenta. Maritza se endereza y se aleja.-¡Espera! Por favor, no lo tomes a mal- le ruega Peloponeso a la vez que se levanta de la silla y la toma del brazo -Tú me conoces y sabes que no soy hombre irrespetuoso y nunca te diría algo para hacerte sentir incómoda, pero no quiero pasar por la vida como el hombre que no se atrevió a decir lo que sentía. – Peloponeso era el más sorprendido con lo que decía.
Maritza estaba conmovida, era evidente que ella sentía algo por él también. Peloponeso ahora tomaba sus manos y podía sentir cómo se calentaban y sudaban. La miraba fijamente a los ojos, oscuros, profundos y hermosos que temblaban como los de Candy cuando Terry se le declaró. El podía sentir sus mejillas arder bajo su barba, ¿tanta emoción podría provocarle esta mujer? El se atrevió a más y empezó a acercar su cara a la de ella, Maritza esperaba, y ya él podía sentir el beso, sus labios ardían y su cuerpo empezó a sentir algo jamás experimentado, pensaba que explotaría de pasión, de amor… Por un momento oyó la dulce voz de Maritza que decía su nombre “Peloponeso”, como si fuera una canción, como si fuera una orquesta de cuerdas divinas tocadas por los virtuosos.
Peloponeso no podía más, ardía, ardía con tanta emoción, con el hecho de que esta mujer lo acepte, con el pensamiento de que su relación jamás sería igual. Lo podía sentir en su alma, en su cuello, en su pecho. Por fín podría estrecharla entre us brazos… Y de repente Maritza dió un gran grito, un grito desesperado y casi agónico que lo perturbó más allá de la razón. ¿Qué estaba sucediendo? No se cansaba de gritar y de alejarse de él, gritaba como si se estuviera quemando. ¿Habrá sentido su pasión, la asustó la intensidad de Peloponeso? Ella seguía gritando aún más y Peloponeso de repente sintió que moría, moría quemado en su propia llama.
-¡DOOOOÑA! Pero e’ veldá que e’to sirve.- Decía la señora que mantenía a Peloponeso de costado sobre la cama. -Pero ese muchacho grista como una niña. Oiga, para que me des un chin d’eso par llevámelo.-
- Claro, bújqueme un potecito que le echo, que tengo suficiente.- Le decía doña Apolinaria que estaba sentada frente a la cama de Peloponeso, sosteniendo en la mano izquierda un pote y con el dedo índice de la derecha untado de un ungüento de color inespecífico. -Hágame el favor súbamele el pantalón que tengo la mano sucia.- Le pedía a la señora mientras cerraba el pote y agarraba la esquina de la sábana para limpiarse el dedo.
Doña Apolinaria es una señora impaciente, y como no vió el resultado en segundos como quería con el ungüento en las narices, los labios, los sobacos y las palmas de las manos, probó el recurso extremo, y en medio de las mellizas consideró que el efecto sería más rápido.
(Continurá…)
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Experiencias+de+un+ruyío
Peloponeso+García
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